Ciertos energúmenos rabiosos, siempre
descontentos por mal pagados, verdes de envidia y furibundos
porque a ellos no les hacen ningún caso, han llegado
a decir, refiriéndose a la Bienal
de Valencia, que no sólo se la acusa muchas veces
del exceso de ensimismamiento del arte, de su lejano contacto
con lo real, de su imposibilidad de plantear preguntas y referencias
de dominio público que incidan en la voluntad de transformación
social, sino que la Bienal de Valencia arrastra, encima, un
estigma aún peor, que ha puesto de manifiesto un importante
segmento de la sociedad cultural valenciana: la instrumentalización
del arte con fines decorativos y simbólicos
que se autoimpone la casta política para diseñar
su mejor escenario de representación.
Juro que lo han dicho así, que lo he copiado, pero
disiento profundamente de esta aseveración, ya que
la Bienal de Valencia es chachi de la muerte y no es cierto
para nada que sea sólo un escaparate
en el que se lucen cuatro politicastros ni un agujero
negro por el que desaparecen millones y millooooones
de euros del presupuesto público. ¡No, no y no!
Como se demostrará en este estupendo reportaje, la
Bienal de Valencia es que ni nos la merecemos los valencianos,
por lo desagradecidos que somos, incapaces de comprender lo
bien que nos quieren nuestros mandamases y lo que nos cuidan
y cómo intentan por todos los medios desbastarnos y
quitarnos el pelo de la dehesa.
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