Tal
vez por ello, por sus pocas prisas en prensar sus trabajos
y por sus muchos delirios destructivos, VDO ha publicado sólo
seis discos en estos veintidós años. Y menos
mal, porque si llega a sacar más, acaba con la Humanidad.
Cada disco suyo es peor que una bomba de Hiroshima.
Ríete tú del Eje del Mal del tío Bush:
el Mal Real, el Mal Nuestro de Cada Día, está
concentrado en estos plásticos, algunos de ellos manchados
de auténtica sangre humana (no sirven para pinchar,
ni para eschuchar: sólo para sufrir). No te atrevas
a buscarlos por las tiendas, ni mucho menos a comprarlos.
Sus discos son sólo aptos para haber oído hablar
de ellos de lejos, en alguna revista escrita en una lengua
que no conoces, en alguna lengua muerta cuyo último
hablante fue Melmoth el Errabundo. Si te acercas a
ellos, te muerden. Muerde Music for
the Hashishins (1983), un alegato a favor del asesinato
despiado y la masacre inmunda. Muerde The
Reverend Jim Jones in Person (1984), dedicado al
loco aquel de los suicidios de la Guayana y, al mismo tiempo,
el mejor disco de rock'n'roll de la historia. Muerde The
Triumph of the Flesh (1984), sepulcral tamborinada
buñueliana. Muerde Cold/Meat
(1987), con los cadáveres putrefactos de Marilyn y
Elvis. Muerde como el motor recalentado de una Harley de los
años 60 Un Chien Catalan
(1995), el disco que "anuncia la muerte de la música
rock".
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